miércoles, 17 de marzo de 2010

DE APURE, ACHAGUAS Y OTRAS ETIMOLOGÍAS

Alberto Hernández

I


Las palabras se posan sobre las cosas, sobre los accidentes geográficos. Los ríos y las sabanas saben de los sonidos que salen de la boca de los hombres, que nombran por vez primera con el asombro que la luz y la oscuridad hacen posible.

El ojo mira para que la boca nombre. Y con el sonido, los significados, el sentido. Cada palabra tiene lugar en la cosa pronunciada. El brillo de los ojos de un pájaro tiene un espacio en el espíritu de quien transita por la mirada en vuelo. La tierra se desnuda frente a quien la habla, sobre todo cuando le da nombre y la prolonga en el tiempo. Cada terronal, barranca, caño, mogote o sabana lleva en su mudez el nombre que le asignó el hombre que los habita. Así, el mismo hablante se hace parte de ese nombre, adquiere gentilicio con esa palabra que ya no tiene edad.

Esto lo sabe muy bien Edgar Colmenares Del Valle, perito en palabras, maestro en esto de verse por delante, por detrás y por dentro de esos sonidos que al salir de nuestro cuerpo se convierten en parte del otro. La palabra es comunión: nos revelamos en quien nos oye, pero también somos en quien nos nombra. Sucede de esta manera cuando quien moldea la arcilla verbal de un sitio ya es el sitio, el lugar, el agua y el paisaje que mira con los sonidos.


II


Con Colmenares Del Valle nos aseguramos al entrar en los vocablos Apure y Achaguas. Con el conocimiento que tiene de ellos, por estudiarlos y por ser de esos lugares, el estudioso se entrega completo con esas palabras. Escudriña, las toca, las acaricia, les habla, les pregunta, hasta que finalmente le extrae el sumo de su pasado, el significado de lo que llevan en su equipaje. Muchos han sido los estudios, muchos los viajes para adentrarnos en el sabor y saber de quien decimos con los labios abiertos: Achaguas, uno dice, el Padre Lorenzo Hervás, que la palabra “deriva del guaraní acang-hua que significa cabeza-cobollo (sic) y alude a la costumbre que tenían algunas etnias indígenas de desfigurarse la cabeza”.

Edgar Colmenares sigue en su cabalgar para darnos la primicia de Xagua, “es decir, el étimo que proponemos para Achaguas, es un indigenismo cuyo uso ya se documenta en 1515 en la obra de Padero Mártir de Anglería y, posteriormente, en las de Fernández de Oviedo, Las Casas, Gómara y otros de los cronistas de Indias”. Y así continúa, abierto a la lejanía que figura en la pampa apureña.

Muchas son las versiones –así como los significados- de Apure, “sin que tengamos un fundamento suficientemente objetivo, ni lingüístico ni histórico, para fijar con cierta exactitud su origen y su verdadero sentido”. Al parecer, es el río, ese sonido que serpentea con lentitud a través del llano. Esa culebra viva, gigantesca, cuya boca revela el nombre. También es una región. O un “olivo silvestre”. Agua, tierra y árbol, tres maneras de mirarlo y decirlo desde su adentro, desde su sangre. Y dice la versión multiplicada que Apure proviene del indígena Apur, “apelativo perteneciente a un cacique de la región”. O de Capuri, que tiene que ver con uno de los brazos del gran río. ¿Nos suena Capanaparo, Caparo, Capuri, Apuri, Apur, Apure?. La imaginación también nos acerca a la poesía: “tierra de más lejos que más nunca”. Gallegos usó esta imagen e hizo el Apure de Doña Bárbara, Cantaclaro.


III


El estudio etimológico de Edgar Colmenares del Valle es un trabajo para bucear con más oxígeno. Nos empuja a leer más que a escribir. De allí que este libro publicado por la Casa Nacional de Las Letras “Andrés Bello”, en la recién creada Cátedra Andrés bello de Estudios Lingüísticos, es un verdadero reto, un agradable reto que nos empuja a aprender más acerca de las palabras que nos dieron origen.

Pero el investigador no se queda allí, sigue jugando con los enigmas, con los étimos de muchas otras palabras, con las raíces y las hojas de las palabras que luego se hacen frutos. Frutos que nos acercan a sus sabores. Razón tenía entonces Oscar Zambrano Urdaneta al decir de Edgar: “...es uno de los representantes más inteligentes y mejor formados de la nueva lingüística venezolana. Tuve la suerte de ser su profesor en el Instituto pedagógico de Caracas, donde fue mi alumno durante los cuatro años que dura la carrera...”. Y Manuel Bermúdez, llanero como él y lingüista también: “Los nombres de Apure y Achaguas los vengo oyendo desde mi infancia. Y siempre han estado ligados a un lote regional de llano, que comprende el estado Apure y al distrito Achaguas, cuya capital le da nombre. Sin embargo, cuando uno habla de Apure, se refiere a San Fernando, la capital del estado. Y cuando habla de Achaguas se refiere a la población que alguna vez fue capital de la provincia apureña(...)Los lexicógrafos modernos son poco dados a buscar los orígenes de las palabras”. Pues, Edgar Colmenares Del Valle es la excepción: encuentra los sonidos, se los tropieza y los convierte en significados traídos de su nacimiento.

Viajamos en palabras sobre un río pleno de criaturas que también nos nombran desde su misterio, desde la tierra, el agua y el barro que las contiene. En Apure, en Achaguas, en todas las etimologías que el investigador nos entrega, habita quien sabe de dónde vienen, qué nos dicen y hacia dónde van.


Fotografía de Arturo Álvarez D'Armas.